martes, 2 de julio de 2013

Prácticas estalinistas


Se ha estrenado recientemente una película que trata de un acontecimiento de la vida de la excelente filósofa Hannah Arendt, relacionado con el juicio del teniente coronel de las SS Adolf Eichmann encargado del transporte a los campos de concentración y exterminio. El texto elaborado por Arendt (Eichmann en Jerusalén. Editorial Lumen. 2000) fue objeto de crítica feroz desde múltiples estamentos judíos al no presentar a Eichmann como un ser demoníaco sino como un diligente funcionario obediente e incapaz de pensar (también por describir la actitud pusilánime de los jefes de los Consejos judíos). Esta reflexión le llevó a subtitular su informe como "la banalidad del mal" porque según la autora "la irreflexión puede causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizás, a la naturaleza humana". Una aproximación, en mi opinión mucho más trascendente y dura porque significa que ninguna sociedad está alejada del mal (en términos mayúsculos) cuando no cultiva adecuadamente a sus ciudadanos la necesidad de pensar por sí mismos. En la película, la filósofa se queja amargamente ante los pocos que la apoyan, de que la mayor parte de quienes le acusan y le insultan, no han leído en su integridad el informe origen de la controversia, y sólo se dejan llevar por la opinión creada desde algunos lugares muy poco objetivos.


“Incluso antes de que viera la luz pública este libro fue objeto, no solo de controversia, sino también de una campaña organizada. Como es lógico, la campaña, llevada a término con los conocidos medios de formación de imagen pública y manipulación de la opinión general, llamó la atención mucho más que la controversia, de tal manera que ésta última quedó acallada por el ruido artificial de la primera” (Post scríptum p. 408 y 409).

Al final, los alumnos salvan a la profesora al concederle un juicio mucho más justo que los dirigentes de la Universidad, quienes presionados por la opinión pública y los benefactores monetarios, quieren expulsarla de la docencia. La figura intelectual de Hannah Arendt sale adelante para mantener una posición crítica ante las cosas y la sociedad que, desgraciadamente, se ha perdido bastante en la actualidad.

Una buena parte del anterior siglo XX fue tiempo de totalitarismos. El régimen nazi exterminó a millones de personas apoyado en considerar motivo suficiente las diferencias de raza, religión e ideología. La actuación del régimen de Stalin no fue menos sanguinaria. Se podía morir o ser deportado a Siberia, donde era casi segura la muerte, sin motivo aparente. Incluso seguidores del régimen se encontraban entre los damnificados. Sembrar el terror destruyendo la confianza y autoestima de las personas formaba parte de la fortaleza del régimen. Si eran castigados los que cumplían con el argumentario oficial aprobado por el régimen qué vamos a decir de quien se atreviera a contravenirlo.

Cualquier régimen totalitario ha mantenido desde el principio de la historia el mismo funcionamiento. Podemos acordarnos de la Santa Inquisición con sus autos de fe en la Edad Media. Hay que castigar (incluso matar) a quienes no obedecen las instrucciones de quienes ejercen el poder de la tribu porque de otra manera, ese poder se ve resquebrajado. Da igual que las órdenes sean razonables o no, y estén argumentadas o no. Más aún, si esas órdenes están arropadas de populismo para no descubrir que sirven solo a los intereses de quien concentra el poder.

Las personas que se atreven a no secundar las órdenes, se exponen a la muerte (personal o intelectual) que por supuesto, no ejecutan quienes dan la orden sino que delegan en la muchedumbre enfurecida con las debidas consignas. El procedimiento es simple. Se prepara el terreno con una consigna, casi seguro, alejada de la verdad o adecuadamente manipulada ésta para cumplir con los fines previstos. Para darle credibilidad, se utilizan algunas personas a las que se les confiere la conveniente autoridad intelectual, y se propaga a través de los medios de comunicación afines que, a pesar de saber la mentira, se prestan voluntarios a cumplir con su tarea. Todo por la causa que, sin duda, será recompensada en el momento oportuno. El resto lo hace la masa enfurecida, probablemente por motivos totalmente distintos de los relacionados con la consigna y puede que más encendida de los habitual por motivos que ha colaborado a crear la misma élite que ha elegido la consigna y la operación de acoso y derribo.

Está perdido el rebelde que se atrevió a cuestionar la primera instrucción de los administradores de ese concepto habitualmente poco definido denominado "la causa", en un intento de como dice Hannah Arendt "eludir la transformación de los hombres en funcionarios y simples ruedecillas de la maquinaria administrativa y, en consecuencia, deshumanizarles". Pobre infeliz el objetivo a liquidar, aunque sus argumentos sean sólidos y su trayectoria impoluta. Está indefenso porque casi nadie habrá leído y reflexionado con detalle sobre el origen de la ira provocada por terceros y, por tanto, ese blanco de la diana está muerto. La muchedumbre estará contenta después del linchamiento porque ha acabado con un traidor y los instigadores intelectuales todavía más porque han cumplido todos sus objetivos sin dar la cara ni mancharse las manos (de sangre o de miseria). Sólo ellos y, por supuesto, el muerto (también se muere cuando se pone en duda la integridad moral de una persona), son conscientes de cuán miserables y despreciables son.

Las prácticas en el mundo de la delincuencia son más transparentes porque incluso los líderes tienen que dar la cara, de vez en cuando, para demostrar su arrojo y fortalecer su liderazgo. Aunque deben asumir las consecuencias del riesgo y, si les pillan, pueden incluso acabar en la cárcel (sugiero la lectura del libro Las leyes de la frontera de Javier Cercas. Ed. Mondadori).

La capacidad de una sociedad de ser civilizada se refleja en la observación de las normas pero sobre todo en la capacidad de desarrollar una ética compartida donde las razones y los argumentos prevalezcan sobre los intereses espurios de personas y organizaciones. La capacidad de establecer lugares comunes donde se reconoce cómodamente la mayoría, permite crecer y vivir mejor. En esa sociedad más civilizada, los gobernantes elegidos tienen que tomar sus decisiones en un contexto de transparencia y asumir ante toda la sociedad las responsabilidades de sus decisiones, sin poder esconderse. Las sociedades democráticas se apoyan en la observancia de las normas fijadas entre todos. Una conducta totalmente distinta a exigir el cumplimiento de la norma cuando tu gobiernas, y considerarte legitimado a infringirla cuando gobierna el otro, al dar por hecho que te han robado lo que es tuyo (el poder). Ese comportamiento demuestra una escasa profundidad en las convicciones democráticas.

En realidad no sé por qué cuento todo ésto cuando vivimos en un país tan respetuoso con la dignidad de las personas, con el rigor en el análisis y con el conocimiento y, por tanto, tan alejado de prácticas tan miserables y destructivas como las que he enumerado.O ¿puede que sea demasiado optimista en el juicio?





2 comentarios:

  1. Eppur si muove.............

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  2. Miguel Angel, ¡ánimo!, muchos en el sindicato conocemos tu trayectoría, y sabemos de la rigurosidad de tu trabajo. Es cierto el dicho de que no hay peor ciego que el que no quiere ver: la muchedumbre a la que aludes en tu artículo puede estar ciega en este sentido, de hecho, por eso quizás no ha leído "el informe", pero los instigadores del intento de linchamiento y los que te han dejado a los pies de los caballos, esos, de ciegos nada. En CCOO siempre hemos intentado coger el toro por los cuernos, no nos hemos acojonado ante los problemas que se nos han presentado, ni hemos eludido la realidad, de ahí nuestra valentía y nuestra coherencia. Tú tampoco lo has hecho, de otros no puede decirse lo mismo, y otros más han aprovechado la coyuntura para otras cosas que poco tienen que ver ni con "el informe", ni con la sostenibilidad de las pensiones, ni incluso, con las CC.OO. Un saludo ccoordial.

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